Necesitamos redefinir qué significa el “éxito”

Desplazarse para leer

Las ambiciones de las empresas creativas trascienden el éxito comercial y demuestran las posibilidades de una economía verdaderamente humana.

El arquitecto Richard Rogers dice que tiene dos clientes para cada proyecto: la persona que le paga y la persona que pasa y echa un vistazo. Que yo sepa, las personas que le pagaron por la sede de Lloyds en Londres, el Centro Pompidou en París y otros edificios están contentas. Pero es el público y no ellos quien decide si un edificio tiene éxito. La novelista Irlandesa Margaret Wolfe parafraseó un viejo refrán Griego que decía que “la belleza está en los ojos de quien mira”. En la economía creativa el éxito está en los ojos de quien mira.

Creo que todas las empresas creativas tienen esta personalidad doble. Al menos, estoy convencido de que todas las que son buenas la tienen. Además de querer ser exitosas en el ámbito comercial, son ambiciosas y competitivas de maneras que van más allá de las expectativas de negocio. Su deseo de hacer dinero se mezcla con su deseo personal de hacer el bien y su deseo de ser respetados por sus pares y su grupo.

Richard Rogers es inmensamente exitoso. Es Lord Rogers, uno de solamente tres arquitectos británicos que han recibido esos honores, además de haber recibido muchos de los premios más importantes de su profesión. Y aún le preocupa lo que pueda pensar un transeúnte anónimo. 

Esta sensibilidad y esta aceptación de las implicaciones sociales puede irritar a otros, particularmente a aquellos quienes pagan la cuenta. Pero resulta inevitable para cualquier empresa que continuamente busque renovarse y ser mejor. Y los clientes y los inversionistas sensibles usan esto para su beneficio.

No es posible entender la economía creativa desde la lente de las finanzas convencionales. Para verla con claridad necesitamos entender su cultura y su psicología. Así como para manejar la pandemia por COVID se necesita más que la epidemiología, para entender la economía creativa se necesita más que la economía convencional.

Esta humanización de los negocios hacía falta desde hace mucho. John Newbigin sugiere que reemplacemos el término “economía creativa” por “economía humana”. Estamos viendo un viraje del énfasis en el valor económico hacia los valores humanos.

Esta es la razón por la cual las empresas basadas en el talento pueden enseñarles a los gerentes de inversión y a los ejecutivos empresariales sobre la gobernanza corporativa ambiental, social y empresarial. Llevan haciéndolo desde hace más tiempo.

Por supuesto, necesitan efectivo y utilidades como cualquier otra persona. El hecho de que la economía creativa sea el sector de crecimiento más acelerado en muchos países no es evidencia de estupidez financiera. En los países miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, por sus siglas en Inglés) la economía creativa creció entre dos y tres veces más rápido que el resto de la economía entre 2015 y 2019, aunque la mayoría de los sectores sufrieron el año pasado.

Así como para manejar la pandemia por COVID se necesita más que la epidemiología, para entender la economía creativa se necesita más que la economía convencional

Pero el dinero no es la razón principal por la cual muchos jóvenes sienten la curiosidad y el interés de echarse al agua e intentar seriamente hacer algo creativo. En 2020 “creatividad” fue el término más común en las búsquedas de empleo en LinkedIn. Esto es evidencia de su deseo de hacer algo para que el mundo sea un mejor lugar en términos distintos de los puramente transaccionales. Esto se hace evidente en su instinto de co-creación y colaboración, más frecuente que en otros sectores, y en el hecho de compartir ideas sin cobrar.

Quiero sugerir dos aspectos que son relevantes para la inversión de impacto: la adicionalidad y el positivismo.

La adicionalidad es la constante búsqueda de algo nuevo, distinto y mejor. Puede tratarse de algo simplemente nuevo, o más bello, o más veloz o más conveniente. 

El valor agregado puede medirse a través de indicadores de negocio tales como ventas o rendimientos. Pero este sentido transaccional no es suficiente.

Aquí es donde entra a jugar el positivismo: la ambición de los creativos de ir más allá del negocio inmediato. Tienen un sentido de las implicaciones más amplias de lo que hacen. Creen que el mundo que contiene su idea, su trabajo, será un mejor lugar. No me refiero a una mejoría en términos transaccionales, sino en términos de beneficios culturales y sociales en general. Este es el transeúnte de Rogers. Todos somos los transeúntes.

Esto puede parecer arrogante, pero es fundamental para la mentalidad creativa. Es el motor de un gran y memorable impacto. Es una forma útil de controlar el potencial de hacer daño.

Esto le incumbe tanto al diseñador de software que escribe una línea de código elegante como al genial arquitecto. Es un sentimiento personal y puede ser percibido solamente por el creador o unos cuantos de sus amigos. Muchos lo negarán si se les pregunta; pero ahí está, y está integrado con la mente creativa. Es una de las razones por las cuales los admiramos y los respetamos.

Por eso es que las personas creativas están adelantados a la hora de pensar en lo que los economistas llaman “externalidades”; están también adelantados a la hora de pensar en problemas ambientales, sociales y de gobernanza.

He conocido inversionistas que reconocen estas fortalezas en los impactos sociales y ambientales, pero rehúyen ante las demandas de buena gobernanza. Es cierto que las empresas cuyos activos son la creatividad y el talento tienden a estructurarse y manejarse distinto, pero ese no es el problema.

El problema es que los inversionistas tradicionales, que están familiarizados con modelos de negocio basados en la repetición y la fijación de precios marginal, pueden sentirse desorientados frente a los negocios que se basan en la creatividad y la innovación. Los expertos en activos materiales pueden sentirse confundidos ante la propiedad intelectual. O puede que entiendan de marcas, pero no saben cómo valorar los derechos de autor. O no pueden formar una opinión sobre la competencia de sus fundadores o sus ejecutivos. O se sienten cómodos con descontar sus precios, pero no logran entender a los seguidores que se comportan como fans.

Y, sin embargo, estos problemas de valoración, inclusión e impacto se encuentran en el corazón de los asuntos ambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en Inglés). Lejos de verse aventajados por la inversión corporativa con criterios ambientales, sociales y de gobernanza, las empresas creativas tienen una visión extraordinaria de lo que puede ser posible. 

La economía creativa es la primera economía que se basa en lo que las personas quieren, piensan y hacen como individuos dentro de una comunidad de interés. Los sistemas capitalistas anteriores se basaban en la tierra, el trabajo y el capital. Las empresas creativas podrían necesitar de esas cosas eventualmente, pero casi nunca son suficientes para impulsar el crecimiento. La irrelevancia de las tasas de interés es una de mis evidencias favoritas (así como también lo es la incomprensión de que esto es así por parte de los bancos centrales).

La materia prima de la creatividad es nuestra capacidad de imaginar algo y agregar valor. Este es el activo central de la economía creativa. No debería sorprendernos que las personas que trabajan de esta manera tienen un agudo sentido del impacto en la comunidad, la sociedad y el medio ambiente. Esta es la economía humana en acción.

La cultura nos conecta